No. 445 Mi Alma Mater

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FUNDADORES: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio. DIRECTORA: Amparo Osorio. COMITÉ EDITORIAL: Iván Beltrán Castillo, Fabio Jurado Valencia, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio, Fabio Martínez,  Javier Osuna, Sergio Gama, Mauricio Díaz. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica). Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Luis Rafael Gálvez, Martha Cecilia Rivera (Estados Unidos); Jorge Torres, Jorge Nájar, Efer Arocha (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Renato Sandoval (Perú); Luis Bravo (Uruguay); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela);
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MI ALMA MATER


     
                                                         Fotografía Carátula:   Sandra Soler Castillo


 Pedro Baquero Másmela

ALMA MÁTER O LA EMBROLLA DE LA ACADEMIA
Por CARLOS FAJARDO FAJARDO

Cuando Pedro Baquero me entregó el manuscrito de su novela Alma Mater, con una cierta sonrisa de cómplice me advirtió que en ella encontraría, en buena parte, una radiografía de la realidad de nuestra vida académica universitaria. En efecto, sus páginas fueron develando las caras de una institución que ha desterrado sistemáticamente de sus esferas no sólo la idea de una academia crítica, reflexiva, polémica, sino al pensamiento nómada, creador, analítico, poético. Sus estructuras marchan más hacia una universidad prestadora de servicios y de gestión empresarial, que hacia una institución formadora de pensamiento resistente y re–existente, sensible, ético y estético. Es el síndrome de lo tecno–administrativo versus la pulsión critico-creativa, libertaria.
No otra atmósfera es la que se respira en las páginas de esta inquietante y estremecedora novela. El narrador, un profesor atormentado, atrapado entre el deseo de renunciar a la vida universitaria, tediosa y estéril, y el ser esclavo de un tramposo confort de funcionario oficial, que bien o mal le aseguran cierta comodidad y una futura pensión. El ninguneo, la marginalidad, el exilio, el destierro al silencio, es el destino del protagonista, quien paga “las culpas” por ser un desadaptado de las exigencias de la vida universitaria. Como un sonámbulo divaga por esta universidad de nuevo tipo, emprendedora, realista, es decir, indulgente y neoesclava. He aquí la suerte de los viejos académicos, de intelectuales y artistas: desterrados del ágora polemista, únicamente les queda pasear su incómodo cuerpo por las trampas burocráticas administrativas de una universidad en ruinas, destrozada.
 “Algo tienen las burocracias que desaniman la creatividad. Las estructuras jerárquicas se llevan mal con la libertad creadora. Tienden al centralismo y a la hegemonía”, nos dice el poeta Gabriel Zaid. Entonces, el narrador sufre el gigantismo de dichas burocracias, gestionales y existenciales. Sin embargo, no registra su drama con una vacua queja, sino que, con irónica lucidez, hunde la aguja de la parodia en las llagas del sinsentido, en la agonizante imagen de una absurda y aburrida existencia académica.
La ironía es ante todo una apuesta crítica que cuestiona, desmitifica las verdades de las mentiras y las mentiras de las verdades. Las páginas de esta novela están cargadas de ese escepticismo lúcido que el protagonista transporta como piedra de Sísifo, volviendo sobre ella para sentir de nuevo el absurdo, el vacío, el tedio que lo llena todo. Ironía que al desgarrar el velo, muestra el trasfondo de un escenario donde los actores se mueven cual marionetas prisioneras, adoctrinadas en la fe de sus manipuladores. Así, por ejemplo, en la figura del burócrata Lisímaco Ladino se sintetiza con sarcasmo a los funcionarios administrativos que, con astucia, audacia y viveza de reptiles, se arrastran tras las espaldas de sus jefes de turno, para conseguir puestos, sin importarles su dignidad ni la de los otros. Este personaje es la imagen de los mandos medios que se transforman en agentes promotores de la destrucción de la universidad humanística, para imponer una empresa efectista, administrativa, de competencias, destrezas, habilidades y de expertos ecónomos. “Así es la universidad en todas partes, o hace negocios o desaparece. Es el nuevo espíritu de la universidad del Siglo XXI”, sermonea el futuro Senador Lisímaco.
Burlándose de dicha condición, el anónimo narrador está a punto de renunciar a su rutinario y ridículo trabajo y a su inútil vida. Al caricaturizar el mundo académico, lanza una mueca de rabia y de impotencia ante semejante insoportable Leviatán de mediocridad. Desacraliza y desentroniza una y otra vez a estudiantes, coordinadores, a colegas, a mandos medios administrativos; a su esposa Sonia; a los procesos de acreditación –esa embolia de la academia mal llamada de Alta Calidad–; a la estandarización de las pruebas Saber Pro; a la investigación estéril e inútil; a intelectuales de café y poetastros de salón; a los turistas académicos que viajan a cuanto evento y encuentro puedan, como relacionistas públicos; y a su amante Anaís Fonseca, quien, con su apariencia contracultural, fluctúa entre el deseo de abandonarlo todo y el sueño de ser al fin y al cabo, una funcionaria eficiente, de confianza y obediente a la institución.
En un momento, el narrador pregunta: “¿Qué somos hoy los profesores universitarios? Una casta caída en desgracia que perdió prestigio y credibilidad, sometida al escrutinio externo y obligado a rendirle tributo a la eficiencia. Una estirpe de ídolos vencidos por las lógicas de la administración y del mercado. Una masa amorfa de competidores en una carrera de obstáculos, dispuestos a eliminarse mutuamente, a hacerse zancadillas, para asegurarse una plaza el próximo semestre. Una horda de burócratas dedicados a rellenar formatos para demostrar en el papel su idoneidad”.
Tal es la visión del mundo universitario que aquí se retrata, donde al docente se le ha reducido a ser un funcionario legitimador de la multifuncionalidad; un servidor condescendiente que transmite, gestiona, defiende, ejecuta, difunde las normas del establecimiento; un tecnoadministrador de la academia empresarial. No hay espacio para impulsar lo nuevo a contracorriente y, por supuesto, para aquel que, en palabras del poeta Saint John Perse, rompe la costumbre.
Desde el fondo del abismo vital y académico, surgen estas desgarradoras verdades que más que risa dichosa son muecas de orfandad y desdicha. La novela, con un cierto nihilismo anárquico, pone en crisis a los legitimados y poderosos estamentos de una institución que se ha convertido en un malestar para intelectuales, artistas y profesores creadores. De allí que en ella se fusionen, de forma fecunda y magistral, la voz del novelista con la del ensayista; el conocimiento intelectual y la pulsión poética. Ambas se Alma mater 9 retroalimentan y se integran. Creación y pensamiento, Poiesis y entendimiento. Alma Mater sintetiza la idea de una narrativa creadora de inquietantes preguntas. De por sí, en esta novela se edifica una escritura de ideas que reflexionan el drama y no se limitan a padecerlo. Quizás sea este su mayor aporte, pues dialoga con la gran tradición novelística que, al decir de Milán Kundera, nos ofrece “metáforas que piensan”. Es posible que esta novela sea, como siempre sucede con la verdadera escritura, una autobiografía del autor, cierta radiografía de sí mismo. Ese alter ego del novelista explica la pulsión irónica detrás de la trama. “Desconfiemos de aquellos que no se ríen de sí mismos”, nos recuerda Robert Frost. Y esa risotada, fuerte y perversa, lleva también al lector a reconocerse como protagonista, y no solo telón de fondo de lo narrado.
“¿Cuánto de las vivencias del escritor quedan enredadas en las páginas que escribe?” reflexiona Antonio Tabucchi, y es claro que en los textos que escribimos quedan nuestros espectros y fantasmas, nuestras almas errando de forma consciente e inconsciente, cual realidad paralela dentro de la ficción. Citando de nuevo a Tabucchi, tal vez escribimos “nuestras autobiografías ajenas”.
Pedro Baquero ha escrito una novela que no sólo muestra, sino que denuncia el estado actual de nuestra cultura universitaria, labor por cierto bastante arriesgada y valiente. Denunciar, con lucida ironía, provoca en este país urticaria, enferma a muchos de envidia, pone ante el paredón de críticos sicariales al escritor. Este se expone a ser víctima de peligrosos estallidos de cólera, a vituperios y juicios más que estéticos, morales. Tal es su apuesta y desafío. De allí que, a manera de estocada final, el narrador lance esta acertada sentencia “los poetas no tienen nada que hacer aquí. Academia mata poesía, dice Gonzalo el poeta”.

Bogotá, octubre 22 de 2016


RODOLFO HASLER




LA URRACA EN EL CUADRO                                              

 XI

(Iluminación)

Una luz indecisa se pierde en el horizonte,
quisiera llevar el trance a una nueva dimensión

es la luz del ópalo de fuego, quemadura de cuarzo
desesperante que intenta un epitafio

una luz, un descalabro en la herencia familiar
dibuja el rostro afligido de la parca

con suavidad lo tocas y su brillo atrae al recuerdo,
óxido del paso acelerado de la vida,
un desliz en el silbo de la palabra,
un amor senil, un desprendimiento del espíritu,
la abundancia de lodo acumulado por la lluvia,
en el pico del ave se aleja la esperanza,
un reflejo que busca su solución en el aire.

XII

Ardes al dormir del lado luminoso de la cama,
sin posible retorno, eternamente volcado en un sentido.

 XIII 

Pájaro, huye al zarzal más desolado,
a la torre abolida donde nadie resiste,
la fuerza limpia de la devastación,
el seco tiento de la ceniza.


XIV

La urraca se va
Viene el perro
(caminando por São Paulo)

Desde su lomo pasas la mano hasta el corazón,
al amanecer nadie recoge su cuerpo exhausto
mordido     
                  en la cuneta        
                                           sin suerte,
refugio hirsuto donde maltratar la palabra,
juega la apuesta del amor, pasarán diez años, ya  la carne ahumada,
muerta la carcasa de la piedad aparece el espanto de su colmillo,
no podrá cantar, ni decir, ni escribir,
un ápice de susurro
hurga en el pecho del perro,
cuerpo violado, cuerpo sin ternura,
donde
                  queman
                                     las vísceras,
te ganas la larga disolución
del olvido olvido.

* RoRodolfo Häsler nació en 1958 en Santiago de Cuba y desde los diez años reside en Barcelona. Tiene editados los siguientes libros: Poemas de arena (Editorial E.R., Barcelona, 1982), Tratado de licantropía (Editorial Endymión, Madrid, 1988), Elleife (premio Aula de Poesía de Barcelona 1992, Editorial El Bardo, Barcelona, 1993), De la belleza del puro pensamiento (beca de la Oscar B. Cintas Foundation de Nueva York 1993, Editorial El Bardo, Barcelona, 1997), Poemas de la rue de Zurich (Miguel Gómez Ediciones, Málaga, 2000), Paisaje, tiempo azul (Editorial Aldus, México D.F., 2001) y la plaquette Mariposa y caballo (El Toro de Barro, Cuenca, 2002). Ha sido incluido en Anthologie de la poésie cubaine du XXè. siècle (Les Éditions Patino, París, 1997), Nueva poesía latinoamericana (Ediciones de la U.N.A.M, México D.F., 1999), Antología de la poesía cubana (Editorial Verbum, Madrid, 2002), Poemas cubanos del siglo XX (Ediciones Hiperión, Madrid, 2002), Los poemas de la poesía (Editorial Praxis, México DF, 2003) y en Por vivir aquí. Poetas catalanes en castellano.1980 - 2003 (Bartleby Editores, Madrid, 2003). Es traductor asimismo de la poesía completa de Novalis y codirector de la revista Poesía 080 de Barcelona


DE LA LÍNEA AL ESPACIO



        
 Fotografía: Cortesía Fundación Salvi




Fotografía: Diego Amaral


Fotografía: Archivos Internet

Una nueva exposición reúne a tres grandes figuras colombianas: Jim Amaral, Olga de Amaral y Ricardo Cárdenas, en las instalaciones del Museo de Arte Moderno de Bogotá, el próximo 25 de febrero a las 11 a.m.




METAPHYSICA

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Significa aceptar
El reto de la ausencia


Antoine de Saint-Exúpery


***

No. 444, Mapas colombianos: En los nichos de la memoria

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MAPAS COLOMBIANOS: EN LOS NICHOS DE LA MEMORIA



Por Luz Mary Giraldo*

Sobre mis mapas
trazo con un lápiz
los ojos de ustedes
las manos de ustedes
las bocas de ustedes.
                                  A. B.

Se impone el cultivo de la memoria en este sugestivo libro de poemas del italiano Alessio Brandolini (Frascati, 1958), publicado en el 2007 en su país y en su lengua, y en edición bilingüe en el 2015 con traducción de Martha L. Canfield como Mapas colombianos (Caza de Libros, colección Torreones, 170 páginas), en Colombia, el país que hizo posible su gestación. Como dice el epígrafe, estas 170 páginas se busca trazar la experiencia vital y la de los otros con los gestos, la música y la voz propia y ajena que se encuentra y descubre ante el paisaje y en resonancia con la vivencia que se vuelve mapa, ruta, viaje, recorrido por la vida y los tesoros que ésta entraña. Bitácora de paisajes de la memoria que resuenan en la interioridad. Lo vivido se trasciende en el poema como acto sagrado. De ahí que resulte un proceso de iniciación y de renacimiento. 
Así la vida se presenta encendida, semejante a las llamas del amor que fluye y acompasa e invita a salir de sí mismo casa solitaria o en ruinas, para aprender otra forma, otra razón de ser y de sentir. Y si en ocasiones acude a los orígenes particulares y los confronta con los de culturas ajenas, se reviven y cotejan intensidad de vivencias, delirios de la fantasía y evanescencias de los sueños, haciendo que pasado y presente se encuentren y dialoguen entre sí, de la misma manera que lo real y lo imaginado se comuniquen para complementarse. Es el profundo movimiento de un yo lírico enfrentado a la vez a la realidad y al misterio y en estado de fascinación y elevación.
Resuenan los cuerpos deseados y los territorios recorridos: la exuberancia de la vegetación, la realidad selvática, el clima, las atmósferas y las emociones, calles, museos, casas, personas, escenarios y escenas; como quien cumple una cita con la vida que al hacerse plena encuentra analogías de su potencialidad en los colores de junio, el más bello de los meses, como dice en uno de los poemas, evoca esa estación donde la vida comienza y se prepara para hacer su travesía. Y como signo de urgencia, la necesidad de la palabra para fijar el recorrido que interioriza paisajes de la memoria. Se trata, sí, de dibujar todo lo esencial de lo visto y lo vivido, de hacerlo paisaje íntimo y profundo, morada interior, mapa secreto, nuevo cuerpo para los mapas que también definen a ese yo poético que cincela y graba: “En la corteza / más dura del cuerpo / grabo todos los nombres / de las plantas y las flores”.  
Si bien son poemas de viaje, travesías, miradas extasiadas, el viajero aquí es alguien que al vivir con fascinación lo observado y encontrado semeja al místico ante la revelación del prodigio y el descubrimiento. Pero también es, hay que subrayarlo, la visión del poeta que como arqueólogo va en búsqueda de un tesoro escondido. Místico y arqueólogo se aúnan al viajero que sale de casa para vivir, y regresa a ella para volver a pasar por el corazón –tal como definimos el recuerdo-, al hacer que la memoria plasme en palabras lo que los nichos de ésta guardan. Se trata de estar en y con  “la mirada del tiempo”, más que con la del espacio, aunque por momentos y como instantáneas, se impongan los objetos y los ámbitos que los ocupan.
La voz del poeta  que conoce la tierra, que la ha amado y recorrido en uno de sus libros, asume en éste la travesía iniciando en ese mes “cuando la infancia te la encuentras por la calle” y cuando “empieza el viaje / en el ansia de la luz/ en la obstinada excavación / de un mapa secreto”.  Mientras avanza de lugar en lugar entre calles y selvas, vegetación y atmósferas, monumentos e individuos,  vuela sobre el océano “en una noche más larga / y más oscura que de costumbre”, hace estaciones en el sueño y en el delirio del amor con “la necesidad de un fluir/discreto de caricias”, y converge en la vigilia donde puede caminar “con los árboles en los pies / mientras de las piedras se ve salir la lluvia”. El proceso poético muestra un recorrido discontinuo que alterna lugares y momentos, circunstancias y evocaciones, emociones y sensaciones. Se trata, como bien dice el poeta colombiano Armando Romero en el prólogo, de una poesía “sembrada en la tierra, y más que árbol busca ser raíz”;  del gozo del poeta y de su poesía que se  disuelve en el paisaje.
“El exilio puede transformarse en sueño”, dice la voz de este poeta viajero que  deja “atrás/ el silencio polvoriento / de la casa abandonada” y al entrar en comunión con la tierra encuentra calma y alegría en cada situación, en cada hecho y con cada objeto. Y allí mismo convoca el amor que “levanta vuelo” mientras rápido se deshacen “todos los nudos del cuerpo” y da con el deseo intenso que abraza y sin piedad sofoca. Es la voz del  extranjero que sintiéndose arraigado en esas tierras se sabe y siente indio que sostiene la futura memoria. De ahí la presencia de algunos arquetipos en estos versos, cuando nombra el aquí y el allá de los antepasados: América y sus mitos y los vestigios de la violencia en la destrucción por el descubrimiento, la conquista y colonización, similares a los rasgos del caos de las  violencias más recientes. Y si el mar está primero, como en la palabra sagrada de la creación de los Kogi, después se hará la luz para contar nuevas historias: se está ante costumbres arcanas de la América, enroscado como los fósiles ante chamanes e indios traspasados “por católicas cruces”, o frente a  los nichos ancestrales de Roma, “de los árboles y de la tierra que sufre / de mi padre y del duro trabajo que hace”. 
Las ciudades, los lugares, los escenarios, Bogotá, Medellín, Tunja, Villa de Leyva, las calles de la Candelaria, los personajes y lugares emblemáticos se detienen ante la mirada del poeta que observa cómo “en el cielo de cristal / se persiguen los pájaros (…) afina la mirada / de las estatuas de piedra / tan altas y potentes / desde hace siglos / desde siempre clavadas en la tierra”.  Y como en Los poemas de la tierra (2004), el mundo originario se evoca con las presencias familiares: la patria, el padre, la madre, los oficios.
No hay duda de que son poemas tejidos con trozos de recuerdos que la memoria excava como arqueóloga con el cincel de la palabra: “es el color rojo-sangre / de la vida que se vuelca en las cavidades originales”. Si por un lado se lamentan los horrores y dolores del presente y del pasado, por otro se señala y  contrasta la vida que  revive en esas selvas y cordilleras, mares y ríos que exhibe la geografía colombiana. En ellos la vida se descubre y se conoce en la medida en que se la vive hasta contrastarla con la muerte representada por los artistas que homenajea (Obregón y Botero), con las imágenes de los museos que conservan retazos de la historia (Museo Nacional, del Oro, de Antioquia), con los guiños y reconocimientos a diversos autores (Giovanni Quessep, Martha Canfield, Vicky Ospina, Armando Romero, Fernando Rendón…).
En esta delicada y profunda travesía y excavación se ha salido de una casa abandonada, vacía, en ruinas, derrumbada y en sombras, donde se “reducen las manos y los pies / a endebles raíces ya resecas”, para entrar a otra donde se exacerba lo insólito en todas sus dimensiones. Y en reconocimiento del viaje donde “los vuelos son aquellos / de quien se ha vuelto hoja”, como dirían los más sugestivos mitos, la voz poética estremecida anuncia: “En los repliegues del corazón / los voy a llevar siempre”. El poeta entrega este poemario como experiencia vital, y muestra una nueva razón de ser para el exiliado, el caminante y el extranjero que hace de la palabra su propia casa. En palabras de Armando Romero: “Un camino que siempre será esa casa entreverada con otras en la página en blanco, dando cita a la memoria, a la imaginación, a los dioses y a los demonios.”

*Poeta, ensayista, crítica literaria, profesora de literatura latinoamericana y colombiana, nacida en Ibagué, Colombia en 1950. Sus textos han sido recogidos en algunas antologías del exterior y del país, así como traducidos al inglés, italiano y francés. Entre sus principales libros destacan: El tiempo se volvió poema (Cafastía, 1974), Camino de los sueños (Instituto Tolimense de Cultura, 1981), José Donoso: El laberinto de la identidad (Universidad Javeriana, 1982), La novela colombiana ante la crítica, 1975-1990. (1994), Con la vida (Universidad Javeriana, Bogotá, 1997), Poemas (Coautoría con Óscar Torres Duque, edición bilingüe. Seattle:Universidad de Washington, 1998), Fin de siglo, narrativa colombiana (CEJA, Universidad del Valle, 1995), Narrativa colombiana, búsqueda de un nuevo canon (CEJA, 2000), Ciudades escritas (2001), Hoja por hoja Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2002), Tarjeta postal Universidad Externado de Colombia /El Malpensante, 2003), Poemas (Coautoría con Martha Canfield, edic. bilingüe. Florencia: Fundazione, Más allá de Macondo - Tradición y rupturas literarias (Universidad Externado de Colombia, 2006), En otro lugar. Migración y desplazamiento en la literatura colombiana. (Universidad Javeriana, 2008) Diario vivir (Colecciones Entrecasa, 2007), Sonidos en la luz. (Hombre Nuevo, 2009), Llévame como un verso. (Universidad Javeriana, 2011), y De artes y oficios. Taller de Edición Rocca, 2015),


RETOS Y PROVOCACIONES DEL TALLER LITERARIO



Por: Gabriel Arturo Castro*

Y todas las Artes de la Vida ellos las convirtieron en las Artes de la Muerte en Albión. Despreciado el reloj de arena porque su labor sencilla era como la del labrador; y la noria, que eleva el agua a los depósitos, quemada y rota por el fuego, porque su labor era como la del pastor. Y en su lugar inventaron ruedas intrincadas, rueda dentro de rueda, para dejar perpleja a la juventud con sus derroches.
William Blake

Solo puedo hablar de literatura contrastando y nutriendo mi experiencia con la de los demás. Y mi trasegar, pasión, quizás vocación, gira alrededor del taller literario. Ha sido moda llamar taller a cualquier forma de participación grupal y se le ha confundido con el laboratorio (demostración práctica de leyes, ideas y teorías dadas de antemano); el seminario (clase teórica con fines de investigación); el coloquio (discusión que se mantiene tras una conferencia); el curso (lecciones que imparte un profesor a un grupo de alumnos con carácter homogéneo, sin importar los procesos y diferencias personales); y la tertulia (reunión de amigos de amigos que se juntan para hablar), e incluso se ha denominado taller a la resolución escolar de cuestionarios.
Pero esta modalidad pedagógica, espacio de creación teórica-práctica,  al incluir en su ejercicio diario la vivencia, el juego, los sueños y el afecto, los componentes más humanos de la literatura, el  aprendizaje se fundamentará en el descubrimiento o en su equivalente el “aprender haciendo”, apoyado a su vez por el principio de aprendizaje formulado por Froebes en 1826 y citado por Ezequiel Ander-Egg: “Aprender una cosa viéndola y haciéndola es algo mucho más formador, cultivador y vigorizante que aprender simplemente por comunicación verbal de ideas”.      
De esta manera asumimos la literatura como una experiencia constante e interior del individuo, quien explora, se orienta, reconoce, nombra, aprecia, advierte, siente y comunica  significados intelectual y emocionalmente excepcionales. Exalta la importancia de interiorizar el conocimiento. La didáctica del taller debe, entonces, proveer el espacio para las actividades diversas y su articulación para que se refuerce el contenido emocional e intelectual de cada acto singular. El aprendizaje es un flujo continuo de experiencias, cada momento o acto del tiempo es precedido de experiencias previas y se convierte en el umbral de experiencias siguientes.
La experiencia vital exige la reflexión sobre los hechos vividos, la disposición de los sentidos en máxima alerta. Solo interiorizamos y aprehendemos lo que hemos vivido a través de la experiencia directa, cuando tomamos posesión de los objetos. La experiencia es, de este modo, una acción y un acontecimiento primordial, relacionada con los afectos, las vivencias, las sensaciones y la memoria.
 Lo anterior contrasta con la presencia asfixiante, aún, de prácticas positivistas y racionalistas alrededor de la literatura, la búsqueda de la verdad a través de la razón positiva (la literatura descriptible en términos matemáticos o la literatura como ciencia y su  confianza en el poder fanático, ciego e ilimitado de la razón).  Lo que podría ser un taller se convierte en laboratorio, pues se imponen unas teorías previas que es necesario demostrar en una práctica controlada, objetiva y segura. La metodología y las normas están por encima del método. En otras ocasiones también se privilegia la práctica, el empirismo, el activismo sin reflexión  y la repetición de tesis ajenas. La teoría y la práctica quedan divididas sin remedio. Allí se hacen presentes el ordenamiento, los determinismos, las demarcaciones de  las verdades forzadas y la mansedumbre de las instituciones que prohíben, restringen, niegan, excluyen lo que se debe decir, lo que es correcto, lo que es metodológicamente apropiado y a quienes puedan servir de locutores, con sus aprobados comportamientos. Es así como algunos talleres  hacen énfasis en la gramática, entendida ésta como la “competencia” ideal del hablante. Se vuelven de esta manera cursos de redacción y su cometido es elaborar textos coherentes y “bien escritos”. La literatura queda  limitada  a su apariencia externa o superficial,  el tallerista es valorado por ser un estilista de la lengua, seguidor de moldes, modas o escuelas, y jamás da el salto cualitativo al mundo complejo y profundo del lenguaje
Por el contrario, el taller debe desplegar  primero la vivencia y luego suscitar una reflexión sobre esa práctica, que luego ayudada por ciertas voces de la tradición, iluminará nuestro proceder. Aquí la teoría es a posteriori, no a priori (acción, reflexión, acción), contrariando a Descartes (pienso, luego existo) por un existo, luego pienso.
 ¿Qué excluye la razón, el positivismo, la lingüística, la Academia? “Se desecha cualquier posibilidad de entender sentidos sociales o subjetivos. Se asume el lenguaje en una dimensión instrumental como paradigma y como partida para las axiologías del discurso”, según Luis Alfonso Ramírez. Solo se concibe el significado o el concepto, desconociendo la intención (propósito de comunicación, determinación de la voluntad o el designio del acto comunicativo) y el sentido (modo particular de entender una cosa, explicitado por el contexto o ámbito y por las circunstancias; su interpretación). Se ha confundido el logos con la razón, una verdad impuesta, independiente de la experiencia, un imperativo aislado, inmutable, fijo. El concepto cierra y delimita, repite el estándar, copia, remeda sin creatividad  ni invención, pura metodología.
Estas concepciones objetivistas “ponen al sujeto como conocedor y recipiente de saberes sin tener en cuenta su historia, sus motivaciones, incluso sus condicionamientos ideológicos”, de acuerdo con Ramírez Peña, quien subraya que los textos no son contenidos para enseñar, sino saberes para comprender.
En algunos llamados talleres literarios no hay saber, solo información textual;   nada de interpretación ni comunicación. Se ha roto la unidad entre teoría y práctica. La lengua se confunde con el lenguaje. Únicamente el estilo importa. La ética del estilo frente a la ética del lenguaje. Negación de la subjetividad y por lo tanto de la libertad.
José Lezama Lima al respecto afirmó: “Algún día cuando los estudios literarios superen su etapa de catálogo y se estudien los poemas como cuerpos vivientes, o como dimensiones alcanzadas, se precisará la cercanía de la ganancia del sueño en Sor Juana Inés de la Cruz, y de la muerte en Gorostiza”.
En otras palabras, es urgente ir más allá del concepto como algo definitivo, limitante y exacto, fruto de la fe ciega por la teoría previa, impuesta y tiránica, y sus consecuencias nefastas del ensayo científico, el tratado, la disertación académica, el deporte terminológico, la erudición malsana, la pedantería de conocimientos inusuales pero superficiales e inútiles, datos inconexos, pura nemotecnia, destreza, sumatoria estéril de informaciones, en fin, el artificio, el ingenio, lo fingido.
¿Cómo lograr en la teoría y en la práctica el cometido del taller? Sería posible mediante el ejercicio de una didáctica que constituya la apertura hacia la búsqueda de nuevas formas para acceder a los conocimientos, aprender a aprehender de la experiencia y la vivencia interior y no acumular un sinfín de conocimientos aislados y estériles. El conocimiento teórico, los conceptos y significados, son transformados en recursos inteligibles para vehiculizar la enseñanza. Allí la producción de recursos, tecnología donde se plasman saberes,  es sólo una parte de la tarea didáctica. También se involucran posturas en el plano disciplinar, selección de contenidos de las áreas, diseño de las modalidades pedagógicas, actualización curricular, las concepciones teóricas que se tengan sobre la educación, la pedagogía y la sociedad: el papel del docente y el aprendizaje; la realidad de la Escuela; la condición social de los alumnos, el ámbito cultural que nos envuelve. Es necesario   retomar la importancia del proceso, el camino espiritual que llevará a la posible consecución de un producto.
 Lo esencial es tomar la literatura como experiencia, concebida por John Dewey como “un comercio activo y alerta frente al mundo; completa interpenetración entre el yo y el mundo de los objetos y de los acontecimientos”, donde se une lo práctico, lo intelectual y lo emocional. Y es esta última instancia, el afecto, la que unifica, liga a las partes en un todo. La didáctica había privilegiado el componente intelectual y comunicativo, es decir el aprendizaje de conceptos, significados y el papel social de la literatura, su función de interacción. Se veía la obra únicamente como documento histórico, sin explorar las formas, estrategias, lenguaje y recursos estilísticos que la soportan.
Podemos decir que el taller es una experiencia desde adentro, es decir, a partir de la vivencia y de las provocaciones. Obtiene recursos de la memoria y se amplía a los territorios de la imaginación. Es un diálogo entre el mundo interior y el exterior, los cuales se verán afectados por el quehacer del individuo creador. Percepción, memoria, imaginación, emoción, son componentes necesarios de la experiencia y por lo tanto del taller. Pero hablamos de la experiencia comprometida, intensa, emocionante, gratificante, constructiva e inteligente.
De este modo llegamos al elemento central del taller: la construcción de un camino hacia el lenguaje individual, la propia voz, la apertura, cualificación y evolución de un mundo particular, ayudado por una dinámica de trabajo colectivo.      
* Escritor, docente y antropólogo colombiano, nacido en Bogotá en 1962. Maestro coordinador de talleres de arte y literatura. Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Es autor de: Libro de Alquimia y Soledad (1992) Alquimia de la media luna (Verdehalago-UNAM, México, 1996) Tras los versos de Job (Sic Editorial, Casa de Poesía Porfirio Barba Jacob, 2009) Ceniza inconclusa, ensayos breves sobre arte y literatura (Universidad del Tolima, 2012) Pequeño mito del bosque (Cuadernos negros, Calarcá, 2012) Entre el mundo del lenguaje y la memoria. Siete ensayos literarios alrededor de la poesía de Héctor Rojas Herazo (Sic Editorial, Bucaramanga, 2013), Extravíos, comentarios bibliográficos de ida y vuelta (Klepsidra editores, Pereira, 2013), Día antes del tiempo (Universidad del Tolima, 2013), La caza invisible, antología personal (Colección Los Conjurados, Bogotá, 2014), La urdimbre, el hilo oculto (Colección Doble Fondo IX, Biblioteca Libanense de Cultura, 2014). Varios de sus trabajos poéticos y ensayísticos han aparecido en diversos medios nacionales e internacionales.


JORGE NÁJAR*




De su libro Allí donde brota la luz, publicado en nuestra colección Los Conjurados, ofrecemos a nuestros lectores los siguientes poemas:

LÍNEA QUE SE QUIEBRA

El tren negro sobre la tierra púrpura
y la nave en el azul avanzan ciegos
–y sordas señorean mis propias neuronas–,
cada quien en los sentidos más contrarios,
cada quien riendo con las sombras:
aquí las ciudades puntiagudas que nos dejan,
ahí las hélices de los helicópteros carniceros
agitando el aire rojizo de los páramos.
Nada nos detiene: al tren ni siquiera
la línea que se quiebra; al artillero
ni las lágrimas de los soldados.
A mí, ni el Mar Océano, deuda,
bogavante, ballena nuestra.
Me llevo el aire, el horizonte, el azul,
ilusión, mecha que se apaga y nos alumbra.
Atrás dejo el peso de mis sueños,
la ceniza de mis zapatos,
un par de anteojos
y tres o cuatro libros
todavía virgos.

ÁRBOL

Hay una calle en la que creces cada día.
Hay también un árbol en alguna orilla
nutrido sólo de aire –como tú–;
cubierto de inaccesibles ojos,
se alza y se hunde inmóvil en su tiempo,
animal que persevera en el vértigo,
–tu semejante–, riendo con nadie,
una mujer pintada y sonriente
lectora de porvenires. O quien sabe
sólo con las sombras
por una gracia indescifrable
y sin destino.

SOMBRA ROJIZA

En medio del trinar de los gorriones
estalla la noticia de la masacre
en la tierra que más amas.
¿Qué es una vida para ese destino?
Existimos en la estructura del aire
a la medida sólo de nuestros sueños:
el aire azul, la sabiduría como una fruta.
Pero ya no lo piensas. Atrás quedan
la sombra rojiza del granado, el aroma
del espliego, la infancia de los pozos,
el fulgor de los afilados corazones.
Y la delicia de los cuerpos en la azotea
mientras avanzas hacia tu inmolación,
cuerpo enamorado de imposibles.

* (Pucallpa-Perú, 1946). Estudió en Lima Educación y Ciencias Humanas en la Universidad Nacional «Federico Villarreal». Trabajó de profesor en su ciudad natal. Ejerció en Lima el periodismo hasta 1976, cuando viajó a Francia donde prosiguió sus estudios de antropología en el Institut de Hautes Etudes de l’Amerique Latine, París III. En 1972 publicó su primer poemario Malas maneras. Obtuvo el Primer premio de la Bienal del Poesía del Perú (1984), Premio Copé de Oro; y el Premio Juan Rulfo de Poesía (Radio France Internationale, 2001). En 2002, la Editorial de la Unesco publicó su antología Poesía contemporánea de expresión francesa y, en 2003, la U. Católica de Lima lo reeditó. Toda su obra poética ha sido reunida en Formas del delirio (Ediciones San Marcos, Lima, 1999). Gran parte de su obra narrativa y poética ha sido traducida al francés: Le dire du malappris (Correcaminos, 1988); Pérou, contes populaires (Syros-Alternatives, 1989); Le diables rient (Syros-Alternatives, 1990); Toile Écrite (La Différence, 1992); Gravures sur maté (Folle Avoine, 1999); Figure de proue (Folle Avoine, 2006). Vive en París desde 1977 donde enseña y traduce poesía.


METAPHYSICA


Odio y amo
Siento ambas cosas
Y estoy agonizando

            Catulo


CARTAS DE LOS LECTORES


CONFABULADOS: Gracias por la continuidad del periódico. En sus envíos encuentro valiosos materiales de formación para mis alumnos de literatura.   Alba Luz Martínez Marín

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QUERIDOS CONFABULADOS: Quiero saber si ustedes venden el libro Contenido explícito que anunciaron de Juan Sebastián Gaviria.  Edgar Navia Bustamante

R/. Desafortunadamente no, porque no es un título de nuestra editorial, pero se consigue en las principales librerías del país. Lo recomendamos además porque se trata de un excelente escritor.

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AMIGOS DE CONFABULACIÓN: Me gustó mucho el prólogo de Jorge Eliécer Ordoñez al libro de Carlos Fajardo. Para los dos mis felicitaciones. Manuel Albeiro
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SEÑORES DE CONFABULACIÓN: Mi reconocimiento por su labor de difusión y por ser incluyentes con los poetas de provincia que no tienen ningún otro espacio. Gracias por los poemas de mi coterráneo William Jiménez. Daniel Conde